sábado, 27 de junio de 2026

Agujero negro, reseña por Jose

Hablar de Agujero negro (Black Hole) es hablar de uno de los cómics más importantes de las últimas décadas. Publicada originalmente en doce entregas entre 1995 y 2004 y recopilada posteriormente en un único volumen, la obra de Charles Burns se ha convertido en un referente del cómic contemporáneo gracias a su capacidad para combinar el body horror, el drama psicológico y el relato de iniciación. Bajo la apariencia de una historia de horror, Burns construye una reflexión sobre la adolescencia, el despertar sexual, las drogas, la identidad y el miedo a convertirse en alguien distinto de quien uno creía ser. 
Este pasado mayo, nos llegaba desde La cúpula una nueva edición en tapa dura, mayor tamaño y extras. Una auténtica delicatessen para esta joya del underground.
 

Portada.
 
La historia transcurre en Seattle durante la década de los 70, donde comienza a propagarse una extraña enfermedad de transmisión sexual conocida simplemente como «la plaga». A diferencia de cualquier epidemia convencional, esta enfermedad no mata ni incapacita a quienes la contraen, sino que provoca mutaciones físicas diferentes en cada persona. Algunos desarrollan pequeñas deformidades que pueden ocultar con facilidad, mientras que otros sufren transformaciones grotescas que los convierten en auténticos marginados, obligándolos a abandonar sus hogares y a refugiarse en los bosques que rodean la ciudad creando una sociedad en la sombra. 
La comunidad de adolescentes deformados que habita los bosques recuerda sin duda a los Morlocks de H. G. Wells: un grupo de seres apartados del mundo "civilizado" y obligados a desarrollar su existencia al margen de la sociedad. Sin embargo, mientras Wells utilizaba a los Morlocks como una alegoría de la lucha de clases y de la deshumanización provocada por la Revolución Industrial, Burns convierte a sus marginados en una metáfora del rechazo social, la diferencia y las heridas que deja el paso a la edad adulta. En Agujero negro, los monstruos no son quienes viven en el bosque, sino la sociedad que los ha expulsado de ella.
 
Burns nunca intenta explicar científicamente el origen de la enfermedad ni convertir la historia en un misterio médico. La plaga (de transmisión sexual) funciona desde el principio (como ya he dicho) como una metáfora del paso a la edad adulta y de todos los cambios físicos y emocionales que acompañan a ese proceso a la vez sirve para contarnos las historias de cuatro adolescentes: Rob, Chris, Keith y Eliza cuyas vidas se entrecruzan en la obra.
 

 Anuario de deformidades.
 
Toda la historia se desarrolla en una atmósfera parcialmente onírica. Los sueños, las alucinaciones (provocadas por el consumo de drogas y por qué no decirlo: por la calentura de los adolescentes protagonistas de la historia) y las imágenes simbólicas aparecen constantemente sin que Burns establezca una frontera clara entre realidad e imaginación. Esta ambigüedad narrativa le da un toque surrealista a la obra y obliga al lector a interpretar muchas de sus escenas desde un punto de vista emocional más que racional. Burns no ofrece respuestas definitivas y claras, transmite sensaciones abiertas, en parte, a la interpretación del lector, lo cual le da al cómic un puntito más de exigencia hacia el lector, algo que siempre me ha gustado.
 
Lisergia.
 
En el apartado gráfico, Agujero negro constituye una auténtica lección de narrativa visual. Charles Burns tiene, sin duda, uno de los estilos más reconocibles del cómic estadounidense. Su dibujo, íntegramente en un blanco y negro de enorme contraste, combina una línea limpia con una precisión casi quirúrgica. Imágenes elegantes y aparentemente sencillas generan una sensación de inquietud muy intensa. Precisamente el contraste entre la limpieza del trazo y la violencia de las imágnes convierte la lectura de cada página en una experiencia perturbadora por momentos.. El uso de las sombras, los silencios y la composición transmite tanto como los diálogos, demostrando que Burns tiene un dominio absoluto del ritmo narrativo.
 
Evidentemente, Charles Burns entra dentro del ámbito de autores como Daniel Clowes, Chris Ware, Craig Thompson o los hermanos Hernández, lo mejorcito del underground americano, y fuera del medio a mí personalmente me recuerda al mejor Lynch o a Cronenberg por momentos.
 
En conjunto, Agujero negro es una obra que trasciende las etiquetas del género de terror. Su verdadero interés no reside en las mutaciones ni en el misterio de la enfermedad, sino en la manera en que utiliza esos elementos para hablar de la experiencia universal del crecimiento y el paso a la madurez. Burns consigue convertir la adolescencia en una auténtica pesadilla física sin perder nunca de vista la humanidad de sus personajes. El resultado es un relato inquietante, bello y por momentos, melancólico con muchas relecturas y cuya fuerza simbólica permanece intacta años después de su publicación. 
 
Esta nueva edición de  La cúpula llega en tapa dura, formato grande (18.2 x 26 cm), 412 páginas de papel offset de alto gramaje, cantos tintados de negro y extras al final del tomo con un precio de 39,90€.
 
 


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