Pero esta no es una fiesta de la alta sociedad. Entre los invitados encontramos mafiosos y antiguos paramilitares serbios, agentes de los servicios secretos iraquíes, mercenarios, espías y traficantes de toda condición. La Venecia de Quenehen y Vivès deja de ser una postal para convertirse en un escenario de intrigas internacionales, una especie de Tánger contemporáneo donde nadie dice toda la verdad y donde las alianzas duran exactamente lo que tarda en aparecer una oferta mejor.
Tras la celebración, Corto y sus compañeros intentan asaltar un barco cargado de dinero y armas. El golpe sale mal y demuestra que ya no existe ningún código de honor entre ladrones. A partir de ese momento comienza una sucesión de asesinatos, traiciones y dobles juegos que arrastra al protagonista desde Venecia hasta Sarajevo, Estambul y el desierto iraquí. Es un viaje físico, pero también moral, un descenso que recuerda a El corazón de las tinieblas, donde cada nuevo encuentro obliga a Corto a enfrentarse a personajes que parecen haber perdido cualquier referencia ética.
Todos los secundarios se mueven en una amplia escala de grises. Corto, fiel a sí mismo, sigue siendo ese aventurero romántico que intenta actuar según su propio código moral, aunque en esta ocasión sus motivaciones terminan contaminándose por el ambiente que lo rodea. Quizá por eso estemos ante una de las aventuras más sombrías y pesimistas del personaje, donde la violencia resulta más seca, las consecuencias pesan más y el desencanto impregna casi cada página.
Sin embargo, sigue siendo inconfundiblemente nuestro Corto Maltés. Están presentes el gusto por la aventura, las referencias históricas, los personajes ambiguos, las conversaciones cargadas de dobles sentidos y esas ensoñaciones tan características que Hugo Pratt utilizaba para difuminar la frontera entre la realidad y el mito. Quenehen no pretende copiar a Pratt, nos ofrece un Corto 2.0, trasladando al personaje a un contexto geopolítico contemporáneo que funciona, en mi opinión, francamente bien.
En el apartado gráfico, Vivès vuelve a firmar un trabajo sobresaliente. Si en el primer volumen ya demostraba que había encontrado su propia y personal manera de reinterpretar el universo visual de Pratt, aquí da un paso más. El uso del blanco, negro y una amplia escala de grises encaja perfectamente con el tono de la historia y, en esta ocasión, prescinde de las páginas a color que abrían el álbum anterior, una decisión que refuerza aún más la atmósfera opresiva de la historia.
Especialmente brillante resulta su capacidad para dotar de personalidad propia a cada escenario: la Plaza de San Marcos, los canales de Venecia, los callejones de Estambul, las cicatrices de Sarajevo o la inmensidad del desierto iraquí cada uno de ellos tiene una identidad visual perfectamente diferenciada. Cada localización transmite sensaciones distintas y contribuye a que el viaje de Corto resulte creíble y absorbente.












