Hace ya dos años, Joan Mundet nos adelantaba el nuevo proyecto que tenía entre manos en la charla que mantuvimos con él durante el Festival de cómic europeo de Úbeda y este mes de abril, los amigos de Elephant Books nos lo hacían llegar a librerías: Bob & Janis. Con esta nueva obra, Joan Mundet se aleja de sus registros más aventureros para adentrarse en una obra íntima, donde la memoria personal y la colectiva se entrelazan con gran sensibilidad y una atmósfera lisérgica y evocadora que envuelve al lector durante gran parte de la obra.
Portada del cómic.
Por otro lado, en el presente: décadas después, ese pasado irrumpe de nuevo a través de un diario que actúa como detonante: un objeto que no solo recupera recuerdos, sino que también reabre heridas y plantea preguntas incómodas sobre lo vivido, lo perdido y lo que nunca llegó a ser.
Bob & Janis funciona como una reconstrucción emocional de toda una época a partir del diario de Bob. La mayor parte de la historia transcurre en Formentera, en aquella isla casi mítica que, junto con Ibiza, se convirtió a finales de los sesenta en uno de los epicentros (o refugio) del movimiento hippie en Europa. Atraídos por la luz, el aislamiento y una relativa permisividad dentro del contexto del franquismo, jóvenes llegados de distintos países encontraron allí un espacio de libertad donde experimentar con nuevas formas de vida, arte y espiritualidad (sí, y drogas también). Esa “Formentera hippie”, convertida con el tiempo en símbolo y reclamo, no solo transformó la identidad cultural de las islas, sino que sentó las bases de su posterior desarrollo turístico. Mundet captura ese instante irrepetible con una mirada que mezcla fascinación y melancolía, consciente de que, como sus propios personajes, aquel paraíso también estaba condenado a cambiar, así que se agradece su huida de lo que podría haber sido la romantización facilona de aquella época.
Y, por supuesto, está la narrativa. En este cómic conviven páginas densas, cargadas de diálogo en hasta cuatro idiomas distintos, reforzando esa sensación de cruce cultural, con otras completamente mudas que funcionan con una precisión admirable. Mundet demuestra un dominio absoluto del ritmo, alternando momentos de intensidad verbal con silencios elocuentes que dicen tanto o más que las palabras. Paisaje humanos y paisajes literales. Esa capacidad para reinventarse en cada obra, para no acomodarse en una fórmula, es una de sus mayores virtudes, y aquí vuelve a confirmarse: arriesga, experimenta y, una vez más, le sale a pedir de boca. Gloria bendita, que decimos por aquí.





















