GariGari, de Hugues Micol, es uno de esos cómics que te agarran por las solapas (del kimono) y no te sueltan. Publicado originalmente en Francia por Cornélius en 2025 y recién llegado a nuestras librerías de la mano de los amigos Mondo Cane Books, este volumen de algo más de ciento ochenta páginas propone algo que, sobre el papel (pun intended) podría parecer una temeridad: contar una historia de ninjas, clanes enfrentados, criaturas sobrenaturales y conspiraciones sin utilizar una sola palabra. Nada. Solo dibujo. Y resulta que funciona de lujo.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Garigari, un Japón a tinta y cuchillo; por Jose
Portada del cómic.
La historia nos lleva hasta un Japón medieval pasado por el filtro de la imaginación de Micol: un accidente durante una demostración de tiro con arco pone en peligro la frágil relación entre dos clanes y amenaza con desencadenar un conflicto mayor. Para evitarlo, un joven ninja recibe el encargo de infiltrarse en territorio enemigo y recuperar la flecha que ha provocado el incidente.
Y a partir de ahí, ya podéis imaginaros que la cosa no va a ser precisamente un paseo por el campo.
El protagonista se encuentra con emboscadas, criaturas imposibles, traiciones, combates, personajes extraños y situaciones que van llevando la aventura de un lugar a otro con una velocidad endiablada. Micol utiliza los mecanismos clásicos del cine japonés de samuráis y espadachines, pero no pretende reconstruir históricamente el Japón feudal, lo suyo es otra cosa: coger ese imaginario, pasarlo por una batidora de fantasía, manga, grabado, cine de aventuras y delirio personal, y servirlo bien caliente con una botella de saque para acompañar (esto último es idea mía).
El resultado: un relato de aventuras tremendamente clásico en su estructura y, al mismo tiempo, completamente extraño en su aspecto. Una combinación que le sienta de maravilla.
La gran apuesta de Micol en GariGari es, evidentemente, el silencio. Y demuestra (con creces) que sabe utilizar el lenguaje del cómic con una seguridad impresionante, porque quitar los textos es relativamente sencillo pero conseguir que no los echemos de menos ya es otra historia. Lo cierto es que se puede seguir la narración sin ninguna dificultad aunque reconozco que acostumbrado como estoy a los textos, a veces me ha costado algo de trabajo seguir la narración.
Micol resuelve el hecho de no incluir textos mediante el montaje, los gestos, los movimientos de los personajes y unos encuadres que le dan un aire muy cinematográfico al cómic. Hay grandes panorámicas, primeros planos, perspectivas imposibles, páginas que se abren como escenarios y secuencias de acción en las que el ojo tiene que seguir trayectorias, cuerpos y objetos casi como si estuviéramos viendo una película de artes marciales. Es un tebeo exigente y eso me gusta.
Y he ahí una de las grandes virtudes del álbum: no es una sucesión de ilustraciones chulas disfrazadas de cómic, hay auténtica narración. Se entiende qué ocurre, dónde están los personajes y hacia dónde se dirige la acción pero exige máxima atención por nuestra parte. El dibujo no está adornando la historia: el dibujo es la historia.
El trabajo de Micol con la plumilla es demencial.
La locura gráfica de Micol con el blanco y negro a plumilla y tinta china es fantasía pura. Las tramas, las masas de negro, las texturas, los cientos de líneas y una cantidad de detalle increíble hacen que te quedes un buen rato a contemplar cada página antes de pasar a la siguiente.
Y sus criaturas merecen capítulo aparte: el Japón de GariGari está poblado por seres que nos recuerdan a los yokai y a la típica iconografía fantástica japonesa, pero que han pasado por el particular del autor: batracios gigantes, peces de aspecto imposible, seres antropomórficos y todo tipo de bichos que parecen haber escapado de una pesadilla después de cenar demasiado. Es un Japón reconocible pero, ¿por qué no decirlo?: micolizado.
Este GariGari es (increíblemente) el primer trabajo de Micol que vemos publicado en nuestro país (¡gracias Mondo Cane!) aunque eso no significa que sea un recién llegado a esto del cómic: nacido en París en 1969, estudió en la École Supérieure des Arts Graphiques y comenzó a publicar cómic a finales de los años noventa y principios del dos mil. Desde entonces ha construido una bibliografía de lo más variada, pasando por el western, la ciencia ficción, el relato histórico, la fantasía y la biografía.
Micol utiliza cada proyecto como una excusa para investigar otra manera de hacer cómic. Su dibujo cambia, se adapta y se reinventa dependiendo de la historia que tenga entre manos.
Como decía, hoy podemos disfrutar del trabajo de Hugues Micol gracias a los amigos de Mondo Cane Books, editorial paisana que comenzó su andadura en 2024 con No te serviré Redux y Perros atados, ambos de Irra, y que muy pronto amplió su catálogo con la edición española de HATE, las crónicas del odio, de Adrian Smith. Posteriormente llegarían títulos como Andrómeda o el largo camino a casa, de Zé Burnay, HATE, orígenes y el segundo volumen de Perros atados.
El catálogo de Mondo Cane es una auténtica declaración de intenciones: autores y obras que, como dicen desde la propia editorial, consideren excepcionales, personales, contraculturales, inesperadas, salvajes o incómodas. GariGari entra sin lugar a dudas ahí.
Además, que una editorial española relativamente joven y pequeña haya decidido traer a nuestro mercado a un autor con una carrera tan larga pero inédito hasta ahora en nuestro país, habla mucho y bien de ellos y desde luego, ojalá sigan trayendo obras como las que han estado publicando hasta el momento.
GariGari es aventura pura y dura, un festín de tinta, una película de samuráis soñada por alguien que se ha quedado dormido encima de una pila de mangas de El lobo solitario y su cachorro y el Ronin de Miller de después de un maratón de Kurosawa. Tiene violencia, humor, fantasía, criaturas absurdas, acción y una imaginación infinita.
Y sobre todo, tiene dibujazo.
Por último, edición de Mondo Cane merece su propio espacio: 184 páginas de pael offset de alto gramaje para este blanco y negro, un tamaño de 21,4 x 29 cm (grandecito para que luzca bien el dibujo) y aquí va la sorpresa: rústica con hilo visto, es decir: no tiene lomo; los cuadernillos y el hilo están a la vista. Si me preguntáis, una auténtica chulada y algo realmente original y que yo, al menos, nunca había visto, con un precio de 25€.
En mi opinión, uno de los cómics del año.
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