Guy Delisle tiene la costumbre de acompañar a su mujer, trabajadora de Médicos Sin Fronteras, a algunos de los lugares más complicados del planeta y acabar convirtiendo la experiencia en un cómic. En Crónicas de Jerusalén, Delisle nos muestra cómo se vive dentro de un conflicto. Y para entender lo que hace Delisle conviene situarlo dentro de una tradición que va algo más allá del cómic.
En literatura, fotografía, cine o periodismo existe toda una corriente de obras que se acercan a territorios en conflicto desde la experiencia cotidiana, alejándose tanto del reportaje puramente informativo como del gran relato político (que es la fin y al cabo lo que nos acaban sirviendo las noticias). En el mundo del cómic, uno de los nombres inevitables es mi admirado Joe Sacco, especialmente con Palestina o Notas al pie de Gaza, Sacco se mete de lleno en la investigación periodística y reconstruye testimonios y acontecimientos históricos desde dentro.
Delisle juega a otro deporte: no pretende hacer periodismo de investigación, sino contar qué significa pasar un año viviendo allí, con sus hijos, mientras su pareja trabaja. Esa diferencia resulta fundamental porque Crónicas de Jerusalén no es exactamente un cómic sobre el conflicto palestino-israelí, es un cómic sobre estar en Jerusalén cuando el conflicto es lo cotidiano.
Portada del cómic.
Después de pasar por China en Shenzhen, Corea del Norte en Pyongyang y Birmania en Crónicas birmanas (tebeazos los tres), Delisle aterrizó en Jerusalén, y claro, si ya es complicado entender una ciudad normal con una guía turística, imaginaos Jerusalén, que lleva décadas de guerras, fronteras, ocupaciones, controles militares y tres religiones en conflicto por cada piedra con alguna importancia histórica en los últimos dos mil años. Todo bien.
Así que tras pasar un año viviendo en Jerusalén entre 2008 y 2009, el resultado fue Crónicas de Jerusalén, publicado originalmente en Francia en 2011 y convertido rápidamente en una de las obras más importantes de la carrera del autor. Ese mismo año, la editorial Astiberri nos la trajo a nuestro país y ya lleva ocho ediciones publicadas. Además, ha ganado numerosos galardones y premios incluyendo el Fauve d'Or al Mejor Álbum en el Festival Internacional del Cómic de Anguleme en 2012 y el premio a la mejor obra de autor extranjero publicada en España en el 30º Salón Internacional del Cómic de Barcelona en 2012.
Una mañana cualquiera en Jerusalén.
Crónicas de Jerusalén está compuesto por pequeñas situaciones, observaciones, paseos, conversaciones, anécdotas y descubrimientos; eso hace que el libro se parezca mucho más a un diario que a un relato periodístico.
Un día te cuenta las divisiones territoriales de Jerusalén; otro, las dificultades para desplazarse de un sitio a otro; después puede aparecer una situación absurda relacionada con controles de seguridad e ir a comprar el pan y unas páginas más tarde estamos siguiendo a Delisle en una escena doméstica.
El conflicto está ahí constantemente, pero aparece por sus consecuencias cotidianas, por el día a día, no a través de grandes discursos o una imagen global.
Un control fronterizo, una carretera, un asentamiento, un mapa, una conversación, un trayecto que debería durar diez minutos y que se convierte en una pequeña odisea.
Y entonces empiezas a comprender que la política no es algo que ocurra únicamente en los parlamentos o en los informativos sino algo que determina por dónde puedes pasar, dónde puedes vivir, cuánto tardas en llegar a un sitio o qué controles tienes que atravesar para ir a comprar leche.
Situaciones que, vistas desde fuera, parecen un gag de los Monty Python pero que para la gente que vive allí forman parte de la rutina y esa es una de las grandes ideas que vertebran el cómic: cómo lo extraordinario acaba convirtiéndose en cotidiano cuando tienes que convivir con ello todos los días.
Y de aquí la importancia del humor: Delisle, en lugar de adoptar un tono solemne, se permite hacer bromas, no es algo nuevo, ya lo habíamos visto en sus obras anteriores; porque la vida continúa. Su humor es seco, a menudo absurdo y en ocasiones incómodo.
Delisle puede pasar de una reflexión sobre la situación política a una anécdota doméstica en cuestión de viñetas, un contraste que siempre le ha funcionado.
Jerusalén, protagonista de la obra.
Otro de los aspectos interesantes (y en mi opinión más difíciles de conseguir) es la posición desde la que Delisle observa el conflicto.
No intenta construir una falsa equidistancia pero tampoco convierte el libro en un panfleto.
Astiberri llegó a definir su aproximación como un retrato "sin concesiones pero sin posturas maniqueas", destacando precisamente esa capacidad para mostrar paradojas, situaciones cotidianas y acontecimientos absurdos sin convertir la obra en propaganda.
En el apartado gráfico, el dibujo de Delisle es sencillo, limpio, a veces caricaturesco y tremendamente funcional y expresivo. Delisle dibuja personas, edificios, calles, mapas y situaciones con una economía de línea considerable. Su dibujo tiene algo de cuaderno de viaje, de diario y de caricatura, pero también una precisión casi documental cuando necesita representar determinados espacios y paisajes urbanos.
En España Delisle ha encontrado en Astiberri una editorial que ha apostado fuerte por su obra. La edición de Crónicas de Jerusalén es en cartoné con 336 páginas a color, un tamaño de 17 × 24 cm y está dentro de la colección Sillón Orejero con un precio de 28€.
Para mí, Crónicas de Jerusalén es probablemente el mejor Guy Delisle (junto con Pyongyang y Una fracción de segundo, aunque esto es puramente gusto personal). En este Crónicas de Jerusalén están todas las virtudes del autor: la capacidad de observación, el humor, la autobiografía, la curiosidad, el dibujo aparentemente sencillo y la habilidad de convertir una situación cotidiana en una pequeña dosis de realidad: te ríes, te sorprendes, te cabreas y aprendes.
En definitiva: un pedazo de tebeo y una de esas obras que demuestran que para hablar de los grandes problemas del mundo a veces lo mejor es dejarse de discursos grandilocuentes y ver qué pasa cuando un tío baja al barro e intenta llevar una vida normal en un lugar donde de normal, hay más bien poco.
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